En las sombras de Nizhni Nóvgorod: El macabro descubrimiento de un historiador y sus «muñecas» momificadas
Un día como hoy, 2 de noviembre, la tranquilidad de la ciudad rusa de Nizhni Nóvgorod se vio perturbada por un hallazgo que desafía la comprensión y que, diez años después, sigue siendo un hito oscuro y sin precedentes en la ciencia forense moderna.
La detención de Anatoly Yuryevich Moskvin, un reconocido lingüista, filólogo e historiador, destapó un secreto escalofriante que había permanecido oculto tras la fachada de un académico brillante pero excéntrico: el descubrimiento de 29 cuerpos momificados de niñas, de entre 3 y 13 años, en su modesto apartamento.
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La Dualidad del Genio y el Necrópolista
Nacido el 1 de septiembre de 1966, Moskvin no era un desconocido en los círculos académicos. Graduado de la Facultad de Filología de la Universidad Estatal de Moscú, era un políglota que dominaba trece idiomas, con una profunda especialización en la historia y el folclore celtas. Sus colegas lo describían como un «genio» y un «excéntrico», un hombre con una biblioteca personal de más de 60.000 volúmenes y un interés casi obsesivo por los cementerios, los rituales funerarios, la muerte y el ocultismo.
De hecho, Moskvin se había autodenominado «necrópolisista» y era considerado un experto en los cementerios de la región de Nizhni Nóvgorod, llegando a colaborar como periodista freelance en publicaciones locales. Su reputación se forjó a base de vastos viajes a pie, catalogando y documentando más de 700 cementerios, una gesta que lo llevó a dormir en pajares, granjas abandonadas e incluso, en una ocasión, dentro de un ataúd a la espera de un funeral.

Este profundo interés por el mundo de los muertos, sin embargo, tenía raíces inquietantes. En un artículo escrito poco antes de su arresto, Moskvin relató un trauma infantil: el cortejo fúnebre de una niña de once años, donde fue obligado a besar el rostro de la fallecida. Este incidente, alegaba, marcó su conexión con los difuntos.
El Macabro Secreto Revelado
El 2 de noviembre de 2011, la policía que investigaba una serie de profanaciones de tumbas en la región detuvo a Moskvin. Lo que encontraron al registrar su apartamento y garaje superó cualquier previsión: 29 cuerpos infantiles, exhumados de cementerios locales, que habían sido sometidos a un rudimentario proceso de momificación.
Moskvin había secado los cuerpos con una mezcla de sal y bicarbonato de sodio, rellenado sus cavidades corporales con trapos y guata, y les había colocado máscaras de cera pintadas con esmalte de uñas antes de vestirlos con coloridas ropas y pelucas de niña. El resultado eran figuras que, a primera vista, parecían muñecas grandes y hechas a mano, lo que explica cómo pudieron pasar desapercibidas para sus propios padres, que compartían la vivienda y conocían a las «muñecas». Uno de los cuerpos incluso estaba en su habitación.

Según la investigación, Moskvin había fabricado estas «muñecas» a lo largo de diez años. Se encontraron numerosos objetos funerarios en su poder, además de mapas detallados de los cementerios y material sobre la fabricación de muñecas y la momificación. Vladimir Stravinskas, jefe del Comité de Investigación de Rusia para la región, calificó el caso de «excepcional y sin precedentes» en la ciencia forense moderna.
La Trágica Razón Detrás del Horror
Interrogado, Moskvin colaboró activamente con los investigadores y reveló un móvil tan perturbador como profundamente triste. Declaró sentir una inmensa compasión por los niños fallecidos y creía firmemente en la posibilidad de resucitarlos mediante la ciencia o la magia negra. Su fascinación por las tradiciones celtas, donde los druidas dormían sobre las tumbas para comunicarse con los espíritus, lo llevó a replicar la práctica. Cuando dormir sobre las tumbas se volvió demasiado doloroso, decidió llevarse los cuerpos a casa, esperando que los espíritus se sintieran más inclinados a hablar en un entorno seguro y acogedor.

Más allá de la creencia mística, latía un deseo personal. Moskvin lamentaba no haber tenido hijos, especialmente una hija, y en un momento dado intentó adoptar una, pero su solicitud fue rechazada. Él negaba cualquier atracción sexual, insistiendo en que veía a los cadáveres como sus hijos. Les hablaba, les cantaba canciones, veía dibujos animados con ellas, les organizaba fiestas de cumpleaños y celebraba festividades, en un intento desesperado y macabro de suplir la paternidad que la vida le había negado.
El Veredicto de la Mente
El curso legal del caso tomó un giro al revelarse el estado mental del acusado. Una evaluación psiquiátrica determinó que Anatoly Moskvin padecía una forma de esquizofrenia paranoide.
En mayo de 2012, el Tribunal del Distrito Leninsky de Nizhni Nóvgorod lo declaró incapaz de comparecer ante un tribunal, eximiéndolo de responsabilidad penal. En lugar de una pena de prisión por profanación de tumbas y cadáveres, Moskvin fue condenado a «medidas médicas coercitivas», permaneciendo desde entonces internado en un hospital psiquiátrico. A pesar de los recurrentes informes y solicitudes para su posible liberación y tratamiento ambulatorio, las evaluaciones psiquiátricas posteriores han determinado consistentemente que su alta es prematura.
El caso de Anatoly Moskvin, el erudito que se convirtió en profanador de tumbas en su quijotesca y terrible búsqueda de la resurrección y la paternidad, perdura como un escalofriante recordatorio de cómo la mente humana, incluso la más brillante, puede descender a las profundidades de la locura. Un genio, un experto en la muerte que, paradójicamente, solo anhelaba dar vida.

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