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Laika: La verdad del primer ser vivo en orbitar la tierra

Publicado por

Break Curioso

el

3 de noviembre de 2025
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Un día como hoy partía en una misión sin retorno Laika, la perra callejera que conquistó el espacio

El 3 de noviembre de 1957, la Unión Soviética logró una proeza que conmocionó al mundo y marcó un punto de inflexión en la Carrera Espacial: el lanzamiento exitoso del satélite artificial Sputnik 2. A bordo de esta nave, en un viaje sin retorno, iba la primera criatura terrestre en orbitar la Tierra: una pequeña perra callejera de Moscú llamada Laika.

En un contexto de intensa rivalidad tecnológica y política con Estados Unidos, y apenas un mes después del lanzamiento del primer satélite (el Sputnik 1), la misión del Sputnik 2 no solo buscaba reafirmar la superioridad soviética, sino también responder a una pregunta fundamental para el futuro de la exploración: ¿puede un ser vivo sobrevivir al lanzamiento y a las condiciones del espacio exterior?

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De las Calles de Moscú a la Órbita Terrestre

Laika, cuyo nombre original era Kudryavka (‘pequeña de pelo rizado’) y que significa ‘ladradora’ en ruso, fue una hembra mestiza, de unos 5 kilos, encontrada vagando por las calles de Moscú. Los científicos soviéticos eligieron a perros callejeros, asumiendo que su resistencia innata al frío y al hambre los hacía candidatos idóneos para la dura misión.

Laika y otros dos perros, Albina y Mushka, fueron sometidos a un riguroso entrenamiento. Este incluyó la adaptación a pequeños compartimentos, la exposición a ruidos de cohetes y la simulación de la aceleración del lanzamiento mediante centrifugadoras. El objetivo era que el animal pudiera soportar las condiciones extremas dentro de la cabina presurizada del Sputnik 2, equipada con un generador de oxígeno, un sistema de absorción de dióxido de carbono y comida en forma gelatinosa. Los ingenieros de vuelo veían estos vuelos de animales como «precursores necesarios para las misiones humanas».

Un Viaje Inesperadamente Corto y un Secreto de Décadas

El lanzamiento se produjo con éxito. Los datos telemétricos iniciales mostraron que, durante el despegue, el ritmo cardíaco de Laika se disparó a 240 latidos por minuto. Una vez en órbita, y ya en condiciones de microgravedad, su pulso comenzó a descender, aunque tomó más tiempo que en los simulacros, indicando el enorme estrés al que estaba sometida.

Lo que siguió fue un misterio cuidadosamente guardado por el gobierno soviético durante décadas.

Se sabía que la nave no estaba diseñada para el regreso y que la perra no tenía posibilidades de sobrevivir. La versión oficial que circuló por años fue que Laika había muerto al sexto día a causa de la falta de oxígeno o que había sido sometida a eutanasia antes de que se agotara el soporte vital. El Sputnik 2 continuó orbitando la Tierra, con los restos de Laika, durante 163 días, desintegrándose al reentrar en la atmósfera en abril de 1958.

Sin embargo, en octubre de 2002, el científico Dimitri Malashenkov, participante en el proyecto, reveló la verdad. Laika murió tan solo entre cinco y siete horas después del despegue, no días después. La causa fue el sobrecalentamiento de la cápsula, provocado por un fallo en la separación de una sección del cohete («Blok A»), que impidió que el sistema de control térmico funcionara correctamente. La temperatura interior se disparó a unos $40^\circ C$. «Resultó prácticamente imposible crear un control de temperatura fiable en tan poco tiempo», admitió Malashenkov.

La Controversia y el Legado de un Sacrificio

El experimento del Sputnik 2 demostró de manera concluyente que un organismo vivo podía sobrevivir al lanzamiento y a la microgravedad, allanando el camino para los vuelos espaciales tripulados por humanos. Laika se convirtió, sin proponérselo, en una heroína de la ciencia.

No obstante, su sacrificio desató una controversia mundial sobre la ética de los experimentos con animales. Mientras que la prensa se enfocaba en la hazaña tecnológica, los grupos protectores de los derechos animales, especialmente en Occidente, organizaron protestas frente a las embajadas soviéticas.

La polémica fue tan profunda que, años después del colapso de la Unión Soviética, incluso uno de los principales científicos del programa, Oleg Gazenko, expresó su profundo arrepentimiento. En 1998, Gazenko declaró: «Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No debimos haberlo hecho… ni siquiera aprendimos lo suficiente de esta misión como para justificar la pérdida del animal.»

A pesar del pesar, el nombre de Laika se ha inmortalizado. Tras su misión, la URSS envió ocho perros más al espacio, de los cuales seis regresaron con vida a la Tierra, aprendiendo de la trágica experiencia inicial. En 2008, las autoridades rusas inauguraron un pequeño monumento en Moscú en su honor, mostrando la figura de un perro que se yergue sobre un cohete.

Laika, la perra sin hogar elegida por el destino para ser una pionera espacial, simboliza el costo humano y ético de la audaz y a veces despiadada carrera por el cosmos. Su breve viaje hace 68 años no solo inscribió su nombre en los anales de la astronáutica, sino que también nos obliga a reflexionar sobre los límites de la ciencia en su búsqueda por alcanzar las estrellas.

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