¿Sabías que… un hombre recibió 49 cadenas perpetuas? Un viaje a la mente del segundo asesino serial más prolífico de EE. UU.
El nombre de Gary Leon Ridgway quizás no resuene con la misma intensidad que otros infames asesinos en serie en la cultura popular, pero su alias, «El Asesino del Río Verde» (The Green River Killer), evoca uno de los capítulos más oscuros y extendidos en la historia criminal de Estados Unidos.
Condenado por el asesinato de 49 mujeres, y con la escalofriante confesión de hasta 79 víctimas, Ridgway ostenta el macabro título de ser el segundo asesino serial más prolífico de su nación. Pero, ¿quién era realmente el hombre que se escondía tras este manto de terror?
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La Doble Vida: Un Hombre Común y Corriente
Nacido en Salt Lake City, Utah, en 1949, Ridgway fue criado en McMicken Height, Washington. Los detalles de sus primeros años de vida ofrecen una primera grieta en la fachada de la normalidad. Fuentes señalan un hogar dominado por una madre sumamente estricta y controladora, ante la sumisión de su padre. El propio Ridgway relató cómo la actitud provocadora de su madre, quien a menudo vestía ropa o trajes de baño sugestivos, especialmente mientras tomaba sol, le generó sentimientos ambivalentes y confusos que, se cree, pudieron haber sido el germen de su posterior comportamiento desviado.
Esta turbulenta niñez daría paso a una adolescencia marcada por un acto revelador: Ridgway estuvo a punto de asesinar a puñaladas a un niño de seis años, quien afortunadamente sobrevivió. Al confesar el hecho, sus palabras fueron escalofriantes: «quería saber lo que se siente al matar a alguien». Este primer impulso violento, apenas contenido, es una ventana a la psique de un futuro depredador.

A pesar de estos indicios tempranos, el perfil de Ridgway en su vida adulta era de una sorprendente normalidad. Después de su arresto, familiares y amigos lo describieron como una persona amistosa, de la que «nadie jamás pensaría que podría ser el asesino que todos buscaban». Mientras iba de casa en casa predicando sobre la Iglesia Pentecostal a la que asistía, en paralelo, desarrollaba una oscura obsesión por las prostitutas y anomalías sexuales, un desdoblamiento que marcó sus dos primeros matrimonios con frecuentes infidelidades.
Caza, Captura y el Precio de la Verdad
El modus operandi de Ridgway era tan simple como aterrador. Utilizaba su trabajo pintando cabinas de camiones como una tapadera, llegando incluso a cambiar el color de su camioneta con pintura de aerosol para despistar a las autoridades. Además, empleaba la fotografía de su propio hijo para ganarse la confianza de sus víctimas, a quienes atraía a su vehículo.
Las víctimas, en su mayoría mujeres vulnerables, solían ser prostitutas o jóvenes que habían huido de casa, un grupo marginalizado cuya desaparición tardaba en ser denunciada o investigada con la debida diligencia, lo que le permitió actuar impunemente durante años en el área del Río Green, cerca de Seattle.

El terror se extendió a lo largo de las décadas de 1980 y 1990. La policía lo tenía en su radar, pero la tecnología forense de la época no permitía establecer la conexión definitiva. El 30 de noviembre de 2001, mientras se disponía a abandonar la ciudad de Renton, Washington, la justicia finalmente lo alcanzó.
Su arresto fue un punto de inflexión. Muestras de ADN confirmaron su participación en cuatro asesinatos, y otros detalles, como la pintura especial de camión utilizada en su trabajo, ayudaron a cimentar el caso. Sin embargo, el momento más sorprendente de su historia llegó durante la fase de negociación: Ridgway evitó la pena de muerte a cambio de un acuerdo con la fiscalía para confesar la totalidad de sus crímenes, incluyendo algunos que la policía nunca le había atribuido.

El 5 de noviembre de 2003, el asesino del Río Verde fue condenado a 49 sentencias consecutivas de cadena perpetua sin derecho a libertad condicional. El juicio culminó con un conmovedor momento en el que los familiares de las víctimas tuvieron la oportunidad de confrontar al asesino, exponiendo el indecible dolor que su «normalidad» había ocultado durante tanto tiempo. La historia de Gary Ridgway es un recordatorio sombrío de que, a veces, los monstruos no se esconden bajo la cama, sino detrás de la sonrisa de un vecino.

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