Un día como hoy: Apolo 12, la misión relámpago y el encuentro en el Océano de las Tormentas
Hace décadas, la Humanidad demostró que no solo podía alcanzar la Luna, sino que podía hacerlo con una precisión asombrosa, incluso después de un comienzo que desafió a la propia física. Hablamos de la misión Apolo 12, la sexta tripulada del programa espacial de la NASA y la segunda en depositar a sus astronautas en la superficie lunar. Lanzada casi cuatro meses después del icónico Apolo 11, esta misión, que culminó con un exitoso amerizaje un 24 de noviembre, fue mucho más que una repetición; fue un audaz ejercicio de ingeniería y nervios de acero que redefinió el concepto de exploración espacial.
El 14 de noviembre, la tripulación compuesta por el comandante Charles «Pete» Conrad, el piloto del módulo lunar Alan L. Bean y el piloto del módulo de comando Richard F. Gordon, se preparaba para el lanzamiento. Lo que vino después pasaría a la historia no solo por el destino alcanzado, sino por el dramático inicio. El Apolo 12 despegó desde el Centro Espacial Kennedy, bajo la inusual mirada en persona del entonces presidente Richard Nixon, en medio de una tormenta eléctrica.
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El Rayo que Casi lo Detiene Todo
Apenas 36,5 segundos después del despegue, el cohete Saturno V fue golpeado por un rayo. El impacto fue tan potente que recorrió la estructura del vehículo, desconectando las tres celdas de combustible del Módulo de Servicio (SM) y sumiendo gran parte de la instrumentación del Módulo de Comando/Servicio (CSM) en la oscuridad. Un segundo rayo, a los 52 segundos, agravó la situación. En el Control de la Misión, la telemetría se volvió confusa, una cascada de luces de advertencia se encendió en el panel, y la nave dependía enteramente de sus baterías.

Era una emergencia crítica, pero el vehículo seguía ascendiendo, su unidad de instrumentos no había sido afectada. En ese caos eléctrico, la brillantez de un controlador de Tierra, John Aaron, entró en juego. Recordando un patrón de fallos de telemetría de una prueba previa, sugirió la solución a un problema que parecía imposible de resolver en el aire: «SCE a AUX». Era un ajuste técnico en la Electrónica de Acondicionamiento de Señal (SCE) que, aunque incomprensible para la mayoría, permitió restablecer la energía y la comunicación.

Una vez en la órbita de aparcamiento terrestre, los astronautas, con una calma admirable, revisaron su nave. Afortunadamente, los rayos no habían causado un daño permanente serio. Sin embargo, en Tierra, se había mantenido un secreto crucial: existía el temor de que el impacto hubiera desactivado los pernos explosivos del mecanismo del paracaídas del Módulo de Mando, lo que habría significado la muerte instantánea para la tripulación durante el amerizaje. Una preocupación que, por suerte y fortuna, no se materializó.
El Encuentro en el Océano de las Tormentas
A diferencia del primer alunizaje, el Apolo 12 se convirtió en una lección magistral de puntería. El objetivo era el Oceanus Procellarum (Océano de las Tormentas), cerca del sitio de descanso final de la sonda estadounidense Surveyor 3, que había aterrizado en 1967. Conrad y Bean lograron un aterrizaje preciso, convirtiéndolo en un ejercicio crucial de precisión que sería vital para futuras misiones. Los humanos habían, por primera y única vez hasta la fecha, alcanzado una sonda enviada a otro mundo.
Conrad, con un toque de humor y una apuesta pendiente, fue el primero en pisar la superficie. Sus palabras no fueron una solemne declaración para la Humanidad, sino un exabrupto personal: «¡Whoopie! Hombre, puede haber sido algo pequeño para Neil, pero para mí es muy largo«. Era una deuda de $500 que había contraído con la periodista Oriana Fallaci, demostrando que la NASA no le había dictado sus palabras, aunque, según su propio relato, nunca logró cobrar el dinero.

La misión se centró en la exploración. Los astronautas trajeron piezas de la vieja Surveyor 3 de vuelta a la Tierra para su estudio, una hazaña de recuperación interplanetaria. También instalaron instrumentos científicos y tomaron muestras de roca. No obstante, la misión tuvo su cuota de mala suerte en la superficie: la esperada mejora en la cobertura televisiva, con una cámara a color, se perdió casi de inmediato cuando Bean, sin querer, apuntó el dispositivo directamente al Sol, destruyendo el tubo óptico. El público se quedó sin las imágenes, pero la ciencia regresó con un tesoro invaluable de datos y muestras.
Mientras Conrad y Bean pasaban poco más de un día y siete horas en la Luna, Gordon, a bordo del Yankee Clipper, fotografiaba la superficie desde la órbita. En su viaje de vuelta, la tripulación incluso tuvo la oportunidad de fotografiar un inusual eclipse solar provocado por la Tierra.



El 24 de noviembre de 1969, la misión llegó a su fin. El Yankee Clipper amerizó en el Océano Pacífico, completando con éxito la segunda visita lunar de la Humanidad. Incluso este final tuvo un pequeño drama personal: durante el amerizaje, Alan Bean fue golpeado en la frente por una cámara suelta, sufriendo una conmoción y requiriendo seis puntos de sutura.
El Apolo 12 será siempre recordado como la misión que demostró que el programa Apolo podía superar los fallos eléctricos catastróficos, aterrizar con precisión milimétrica y llevar a cabo un encuentro con la tecnología del pasado en otro mundo. Fue la prueba de que, incluso bajo el fuego de un rayo, el ingenio humano era la fuerza más poderosa para alcanzar las estrellas.

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