¡Que se vayan todos!: El grito de un país, el helicóptero con un presidente huyendo y el estallido final
La imagen es indeleble para la memoria colectiva de los argentinos: un helicóptero Sikorsky S76B despegando desde la azotea de la Casa Rosada, perdiéndose en el cielo gris de un atardecer cargado de humo y gases lacrimógenos.
Eran las 19:52 del 20 de diciembre de 2001. En ese preciso instante, no solo terminaba el gobierno de Fernando de la Rúa; se cerraba un ciclo económico y social que dejó cicatrices que aún hoy, décadas después, definen la identidad política del país.
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El génesis del colapso: Un peso, un dólar y un cepo
Para entender el estallido, hay que retroceder al espejismo de la Convertibilidad. Lo que en los años 90 fue el remedio contra la hiperinflación de 1989, se transformó a finales de siglo en una trampa mortal. El esquema del «1 a 1» requería un flujo constante de dólares que el país ya no producía. El desempleo crecía, la industria se desmoronaba y el endeudamiento externo —publicitado bajo nombres como «El Blindaje» o el «Megacanje»— solo servía para ganar tiempo.

El detonante final llegó el 2 de diciembre de 2001. El ministro Domingo Cavallo anunció el «Corralito»: la prohibición de retirar más de 250 pesos semanales de los bancos. La medida asfixió a una economía basada en el efectivo y unió, en un grito de furia inédito, a la clase media con los sectores más postergados.

Las 48 horas que cambiaron la historia
El 19 de diciembre, la tensión acumulada en el interior del país —marcada por saqueos y huelgas— llegó a la Capital Federal. Por la noche, tras el anuncio presidencial del Estado de Sitio, el silencio de la ciudad fue roto por un sonido metálico que se volvería símbolo: el Cacerolazo.

Decenas de miles de personas, sin banderas partidarias, marcharon hacia la Plaza de Mayo bajo una consigna que no pedía reformas, sino renuncias totales: «¡Que se vayan todos!». La madrugada del 20 de diciembre fue el preludio de una tragedia. La renuncia de Cavallo no calmó los ánimos. El sol asomó sobre una Plaza de Mayo convertida en campo de batalla.

La represión policial fue feroz, cobrándose la vida de 39 personas en todo el país, incluyendo la Masacre de Plaza de Mayo. Las imágenes de la Policía Montada cargando contra las Madres de Plaza de Mayo dieron la vuelta al mundo, sellando el destino político de un presidente aislado.



5 presidentes en una semana
A las 19:37, De la Rúa redactó de puño y letra su renuncia. Su salida marcó el inicio de una anomalía institucional sin precedentes: cinco presidentes en apenas doce días. Por el sillón de Rivadavia pasaron Ramón Puerta, Adolfo Rodríguez Saá (quien declaró el default de la deuda externa entre aplausos), Eduardo Camaño y, finalmente, Eduardo Duhalde.
Duhalde asumió el 1 de enero de 2002 con una frase que hoy suena a ironía trágica: «El que depositó dólares, recibirá dólares». Días después, la Convertibilidad moría formalmente y la «pesificación asimétrica» pulverizaba los ahorros de millones.

Un legado de asambleas y desconfianza
¿Qué quedó después del humo? La crisis del 2001 no fue solo económica; fue una crisis de representatividad. El «voto bronca» de octubre y las asambleas populares de los meses posteriores demostraron que la sociedad civil buscaba nuevas formas de participación. Surgieron las empresas recuperadas por sus trabajadores y los movimientos sociales ganaron un protagonismo central en la escena pública.
Hoy, recordar el 20 de diciembre es asomarse al abismo que significa el quiebre de los contratos sociales. Es la crónica de un país que, entre el estruendo de las cacerolas y el luto por sus muertos, intentó refundarse desde sus cenizas.

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