¿Sabías que hoy podríamos estar en otro año? El fascinante viaje del tiempo desde Rómulo hasta el Papa Gregorio
Si hoy usted mira su reloj o el calendario de su teléfono móvil, leerá con naturalidad que transitamos el año 2025. Sin embargo, esta cifra no es una verdad astronómica absoluta, sino el resultado de siglos de ajustes, decisiones políticas y un «punto cero» que pudo haber sido muy distinto.
Si el cristianismo no se hubiera convertido en el eje cronológico de Occidente, hoy no estaríamos celebrando el inicio de la tercera década del siglo XXI, sino que posiblemente nos encontraríamos en el año 2775 AUC (Ab Urbe Condita), contando desde la mítica fundación de Roma.
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El caos del tiempo: De 10 meses a la influencia griega
La historia de cómo medimos nuestros días comenzó en la Antigua Roma. Según la tradición, el primer sistema fue obra de Rómulo, el fundador de la ciudad. Aquel calendario primitivo era radicalmente distinto al nuestro: solo tenía 10 meses (un sistema decimal) y comenzaba en la primavera, específicamente en el mes de marzo (martius), dedicado al dios de la guerra.

Con el tiempo, la influencia griega llevó a los romanos a adoptar un sistema de 12 meses. Sin embargo, la precisión era un lujo que aún no poseían. Los meses se alternaban entre 29 y 30 días, y cada dos años se debía añadir un mes extra sin nombre, llamado mercedonius, para que las estaciones no se desfasaran por completo.
Los nombres de nuestros meses actuales son fósiles de aquella época. ¿Se ha preguntado por qué septiembre, octubre, noviembre y diciembre suenan a números? En el calendario original de 10 meses, eran simplemente el séptimo, octavo, noveno y décimo mes.
Julio César y el «año de la confusión»
Para el año 46 a. C., el calendario romano era un caos administrativo. Fue entonces cuando Julio César, actuando como Pontifex Maximus, decidió poner orden. Asesorado por el astrónomo griego Sosígenes de Alejandría, introdujo el calendario juliano.
César tomó como base el calendario solar egipcio y fijó la duración del año en 365,25 días. Para corregir el desfase acumulado, el año 46 a. C. tuvo que durar 445 días, siendo recordado como el «año de la confusión». A partir de ahí, se instauró el sistema de años bisiestos cada cuatro años. Si hoy siguiéramos usando estrictamente el sistema de César, estaríamos viviendo unos 13 días «atrasados» respecto a nuestra realidad actual.

Los 11 minutos que cambiaron la historia
Aunque el sistema juliano fue un avance prodigioso, tenía un pequeño error: el año solar es, en realidad, unos 11 minutos y 14 segundos más corto de lo que César calculó. Este margen parece insignificante, pero cada 128 años, el calendario perdía un día entero frente a las estaciones.
Para el siglo XVI, el desfase era tan evidente que las festividades religiosas, como la Pascua, se estaban alejando peligrosamente de su contexto astronómico. En 1582, el papa Gregorio XIII promulgó una reforma definitiva. Para «limpiar» el error acumulado, el mundo católico saltó del 4 de octubre al 15 de octubre de un solo golpe. Así nació el calendario gregoriano, el estándar que rige al mundo moderno y que es tan preciso que solo pierde un día cada 3324 años.

Un «Punto Cero» por elección
Lo más curioso de nuestra cronología actual es que el sistema de «Antes de Cristo» (a.C.) y «Después de Cristo» (d.C.) no existió en tiempos de Jesús. Fue desarrollado recién en el siglo VI por el monje Dionisio el Exiguo. Aunque hoy sabemos que Dionisio se equivocó en el cálculo del nacimiento de Cristo por unos años, su sistema se expandió gracias a la influencia global de Europa.
Hoy, aunque muchos sectores prefieren el término Era Común (EC) para mantener la neutralidad secular, seguimos habitando una estructura temporal diseñada por emperadores romanos y papas renacentistas. Así que, la próxima vez que anote una fecha, recuerde que está participando en un sistema que tardó más de dos milenios en perfeccionarse.

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