El último vuelo que cambió el Rock para siempre: «El día que murió la música«
3 de febrero de 1959. En la memoria colectiva del siglo XX, esta fecha no representa un simple dato cronológico, sino el instante exacto en que la juventud perdió su inocencia sonora. Lo que comenzó como una agotadora gira invernal por el gélido medio oeste de Estados Unidos, terminó en un campo de maíz de Iowa, dando origen a la leyenda de “El día que murió la música”.
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Una gira marcada por la adversidad
La gira «Winter Dance Party» estaba diseñada para ser un éxito, pero desde su inicio en Milwaukee fue un calvario logístico. Las distancias entre ciudades no seguían una ruta lógica, sino un zig-zag errático de más de 600 kilómetros bajo temperaturas que rozaban los 36 grados bajo cero.
El autobús de la gira era una trampa de hielo. Sin calefacción, los músicos contrajeron gripe y el baterista Carl Bunch tuvo que ser hospitalizado por congelamiento en los pies. Fue este agotamiento físico lo que llevó a Buddy Holly, la estrella de 22 años, a tomar una decisión ejecutiva: alquilaría una avioneta para volar desde Clear Lake hasta Fargo, Dakota del Norte, buscando simplemente una noche de descanso y ropa limpia.

El azar y las monedas al aire
El destino de aquella noche se decidió en un juego de probabilidades que hoy resulta escalofriante. El servicio de vuelo costaba 36 dólares por persona (unos 320 dólares actuales), un precio que Dion DiMucci rechazó por considerarlo un despilfarro.
Los otros asientos se llenaron de forma casi accidental:
- The Big Bopper, debilitado por la gripe, le pidió su lugar a Waylon Jennings. Al enterarse, Holly bromeó: «¡Espero que tu autobús se congelé!», a lo que Jennings respondió: «¡Espero que tu avioneta se estrelle!». Una frase que lo perseguiría por décadas.
- Ritchie Valens, de apenas 17 años y con un miedo cerval a volar, se jugó el asiento en un cara o cruz contra el guitarrista Tommy Allsup. Valens ganó. «Es la primera vez que tengo suerte en algo», dicen que exclamó.


Seis minutos de vuelo
A las 12:55 a.m., la avioneta Beechcraft Bonanza, pilotada por el joven Roger Peterson de 21 años, despegó en medio de una ligera nevada. Peterson, aunque experimentado, no tenía la certificación para volar usando solo instrumentos, algo vital esa noche debido a la oscuridad total y la falta de horizonte visible.
Apenas a seis millas del aeropuerto, la aeronave se estrelló a más de 270 km/h. El impacto fue tan violento que los cuerpos de Holly y Valens salieron despedidos del fuselaje. El silencio que siguió al estrépito solo fue interrumpido por el viento helado de Iowa.
El nacimiento de un mito
La tragedia no solo destruyó carreras en ascenso, sino que dejó cicatrices profundas. La esposa de Holly, María Elena, perdió a su bebé poco después debido al trauma psicológico, un hecho que cambió para siempre los protocolos de notificación de fallecimientos en Estados Unidos.

La investigación oficial concluyó que el accidente fue un error humano potenciado por informes climáticos deficientes y un instrumento de vuelo (el giroscopio) que funcionaba de forma opuesta a la que el piloto conocía. A pesar de los rumores de disparos o supervivencia, exhumaciones realizadas décadas después confirmaron que todos murieron instantáneamente.
Aquel 3 de febrero, el mundo perdió a un visionario como Holly, a una promesa latina como Valens y al carisma de Richardson. Sin embargo, como bien profetizó Don McLean en su himno American Pie años más tarde, la música no murió realmente; se transformó en una leyenda que, 67 años después, sigue resonando cada vez que cae la nieve en Clear Lake.

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