Un día como hoy nacía Facebook: El código que cambió nuestra forma de decir «Hola»
¿Qué hacíamos antes de los «Me gusta», las notificaciones infinitas y la posibilidad de reencontrar a un compañero de primaria con solo un clic? Hoy, el calendario marca un hito que divide la historia moderna de las telecomunicaciones en un antes y un después. Un día como hoy, pero de 2004, un joven estudiante de la Universidad de Harvard llamado Mark Zuckerberg, junto a sus compañeros de habitación, pulsaba el botón de «Enter» para lanzar un sitio web que originalmente solo buscaba conectar a una élite estudiantil: TheFacebook.
Lo que comenzó en el dormitorio B-11 de la residencia Kirkland como un directorio digital universitario, ha evolucionado hasta convertirse en Facebook, el gigante de las redes sociales que hoy, bajo el paraguas de la matriz Meta, define gran parte de la interacción humana en el siglo XXI.
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De un «experimento» polémico a un imperio global
La génesis de Facebook no estuvo exenta de drama digno de un guion de Hollywood. Meses antes del lanzamiento oficial, Zuckerberg ya había coqueteado con la polémica tras crear Facemash, un sitio que comparaba fotos de estudiantes para «rankear» su atractivo. Aunque aquel experimento duró solo unas horas y le valió una suspensión académica, demostró una verdad que el joven programador supo capitalizar: el deseo insaciable de las personas por observar y ser observadas.

El 4 de febrero de 2004, la plataforma nació bajo el nombre thefacebook.com. Inicialmente, el acceso era un privilegio exclusivo para los estudiantes de Harvard. Sin embargo, la demanda fue tan voraz que pronto se extendió a otras instituciones de la Ivy League, como Stanford y Yale, para luego abrirse a estudiantes de secundaria y, finalmente, en 2006, al público general mayor de 13 años.
La transformación del «Yo» digital
El éxito de Facebook no radicó solo en su programación, basada en sistemas GNU/Linux y tecnologías LAMP, sino en su capacidad para digitalizar la identidad. Por primera vez, los usuarios podían crear un perfil que no era un seudónimo, sino un reflejo de su vida real: su empleo, su educación y sus intereses.
En 2005, la intervención de Sean Parker, cofundador de Napster, fue crucial. Él no solo ayudó a eliminar el «The» del nombre, simplificándolo a Facebook, sino que vislumbró el potencial masivo de la red. Para 2012, la empresa protagonizaba una de las ofertas públicas de venta (OPV) más importantes de la historia, alcanzando una valoración de 104.000 millones de dólares.

El precio de la hiperconexión
Sin embargo, el camino hacia los más de 2.700 millones de usuarios activos no ha sido lineal. A medida que Facebook crecía, también lo hacían las preguntas sobre su impacto en la sociedad. La plataforma ha pasado de ser una herramienta de entretenimiento a un campo de batalla ético. El escrutinio sobre el manejo de la privacidad, la propagación de noticias falsas (fake news) y los efectos psicológicos de la validación social constante han puesto a la compañía frente a intensas presiones regulatorias.
Incluso su robusta infraestructura ha mostrado vulnerabilidades. Muchos recordarán el «apagón global» del 4 de octubre de 2021, cuando un error en las rutas IP dejó al mundo sin Facebook, Instagram y WhatsApp durante horas, recordándonos nuestra profunda —y quizás excesiva— dependencia de sus servidores.

Una huella imborrable
Hoy, Facebook es mucho más que una red social; es un archivo histórico de la humanidad, un mercado global y una herramienta política. Desde su llegada al idioma español en 2008 hasta su transición hacia el «Metaverso», la creación de Zuckerberg ha demostrado una resiliencia asombrosa.
Al mirar atrás, a aquel 4 de febrero de 2004, queda una pregunta flotando en el aire digital: ¿Zuckerberg y sus compañeros realmente imaginaron que ese directorio universitario terminaría reescribiendo las leyes de la sociología moderna? Lo cierto es que, guste o no, todos vivimos hoy en el mundo que ellos codificaron.

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