El día que U2 detuvo el tráfico de Los Ángeles sobre una licorería
Hay momentos en la historia del rock que no solo se escuchan, sino que se graban en la retina colectiva como actos de pura rebeldía estética. Un día como hoy, el 27 de marzo de 1987, las calles del centro de Los Ángeles fueron testigos de un despliegue de caos organizado que cambiaría para siempre la iconografía de la banda irlandesa U2. Sobre el techo de la Republic Liquor Store, en la intersección de la calle Séptima y Main, Bono y compañía decidieron que el mundo debía detenerse para escuchar el arpegio infinito de «Where the Streets Have No Name«.
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El nacimiento de un himno (y un dolor de cabeza)
Para entender la magnitud de lo ocurrido en aquella azotea, hay que retroceder a las sesiones de grabación de The Joshua Tree. La canción, hoy considerada una obra maestra del post-punk y el rock de estadios, estuvo a punto de no existir. Su estructura rítmica era tan compleja que el productor Brian Eno, frustrado por la incapacidad de la banda para ejecutarla con precisión, consideró seriamente borrar las cintas y empezar de cero.
Finalmente, el tema sobrevivió para convertirse en la apertura del álbum. Con su característico delay en la guitarra de The Edge, la canción pedía a gritos una presentación visual que estuviera a la altura de su épica espiritual. La solución fue un homenaje directo a The Beatles y su última actuación en la azotea de Apple Corps en 1969, pero trasladado al corazón multicultural y polvoriento de California.

El caos «espontáneo»: Entre la realidad y el marketing
El rodaje del video musical, dirigido por Meiert Avis, es una pieza de estudio sobre cómo fabricar un evento mediático. Aunque el video muestra a una multitud de 30,000 personas convocadas por transmisiones de radio, la realidad fue más controlada: se atrajeron cerca de 1,000 fanáticos genuinos, mientras el equipo de producción reforzaba el techo de la licorería durante una semana entera para evitar tragedias.
«La objeción era a clausurar las calles. Si hay algo que la gente de Los Ángeles odia, es eso… y nosotros siempre consideramos que las bandas deben alterar las cosas», recordaría años después el bajista Adam Clayton.
El drama que vemos en pantalla —policías amenazando con arrestar al equipo, cables siendo desconectados y la banda tocando desafiante— fue una mezcla de tensión real y narrativa exagerada. El mánager de la banda, Paul McGuinness, confesó décadas después que esperaban ansiosos que la policía cancelara el rodaje para inyectar dramatismo al video.
Incluso instalaron un generador de respaldo por si las autoridades cortaban la energía, asegurando que la música (o al menos la mímica, ya que el audio final es de estudio) no se detuviera.

Un legado de premios y listas
A pesar de que el sencillo no alcanzó el número uno en Estados Unidos (llegó al puesto 13 en el Billboard Hot 100), su impacto cultural fue sísmico. En el Reino Unido alcanzó el puesto 4, y en su Irlanda natal se coronó en la cima de las listas.
El video no solo logró capturar la esencia de una banda en su apogeo mesiánico, sino que fue reconocido por la industria con un Premio Grammy a la Mejor Interpretación en un Video Musical en 1989. Lo que comenzó como un intento de imitar a los «Fab Four» terminó cimentando la leyenda de U2 como el grupo que no temía enfrentarse a la ley por una buena toma.
Hoy, 39 años después, al pasar por la calle Séptima de Los Ángeles, todavía parece escucharse el eco de ese arpegio circular. Fue el día en que cuatro irlandeses demostraron que, a veces, para encontrar el lugar «donde las calles no tienen nombre», primero hay que cerrar las avenidas más importantes del mundo.


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