El adiós al arquitecto de la inocencia, Manuel García Ferré
Buenos Aires – Hay nombres que no necesitan presentación porque habitan en el ADN emocional de un continente. Un día como hoy, el mundo de la cultura hispanohablante se detenía para despedir a un hombre que, paradójicamente, nunca dejó de ser niño. Manuel García Ferré, el «Padre de la Animación Argentina», fallecía un 28 de marzo a los 83 años, dejando tras de sí un universo poblado por sombreros mágicos, pingüinos sabios y villanos entrañables.
¿Cómo logró un joven inmigrante español, que llegó a Buenos Aires a los 17 años huyendo de la posguerra, convertirse en el máximo referente de la infancia de millones? La respuesta no reside solo en su técnica, sino en su inquebrantable fe en la bondad infantil.
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De las aulas de Arquitectura a las redacciones de Billiken
Nacido en Almería en 1929, García Ferré arribó a tierras argentinas en 1947. Mientras estudiaba en la Facultad de Arquitectura de la UBA, recorría las redacciones con una carpeta de dibujos bajo el brazo, buscando una oportunidad. El destino tocó a su puerta en 1952, cuando Constancio Vigil aceptó a Pi-Pío, un pollito linyera, para la mítica revista Billiken.
Fue en el pueblo ficticio de Villa Leoncia donde comenzaron a asomar las orejas de Larguirucho y el ímpetu de un niño humilde llamado Hijitus. Nadie imaginaba entonces que ese pequeño personaje, capaz de transformarse en superhéroe al grito de «¡Sombreritus… canitus… de buen pirus… convertido en Super Hijitus!», protagonizaría la primera serie de dibujos animados de Argentina y la más exitosa de América Latina entre 1967 y 1974.

El imperio de la curiosidad: Anteojito y Petete
García Ferré no solo dibujaba; él construía herramientas pedagógicas. Durante más de tres décadas, editó la revista Anteojito, que junto a Billiken formó el eje central de la educación no formal en los hogares argentinos.
Sin embargo, su mayor hito en la divulgación científica llegó con un pequeño pingüino de peluche: Petete. A través de «El Libro Gordo de Petete», este personaje enseñó a generaciones que «el saber no ocupa lugar». El impacto fue tal que el programa se exportó a toda la región y a España, compitiendo de igual a igual con fenómenos como el Topo Gigio. Por esta labor, Ferré fue reconocido en 1987 con el Premio Konex de Platino.

Un legado que desafía al tiempo
En un mundo que aceleraba hacia el cinismo y la tecnología, Ferré mantuvo su estudio en el décimo piso de un edificio cercano al Obelisco, defendiendo la artesanía de la animación. En 2012, poco antes de su partida, estrenó su última película, Soledad y Larguirucho, demostrando que sus personajes podían convivir con la realidad moderna.

Al ser consultado sobre si los niños de hoy podían conectar con la ingenuidad de sus creaciones, el maestro respondió con una lucidez asombrosa:
«Mientras al chico le des imaginación, aventura y personajes buenos y malos… El chico en esencia es bueno. Creemos que son más inteligentes porque tienen más información, pero eso no quiere decir que estén maduros. Los móviles de la imaginación son los mismos siempre».
El adiós de un Ciudadano Ilustre
Aquel 28 de marzo de 2013, una intervención cardíaca en el Hospital Alemán apagó el corazón de quien había dado vida a tantos otros. Hoy, mientras caminamos por el Paseo de la Historieta en Buenos Aires, podemos ver a Larguirucho sonriendo junto a Mafalda. Es un recordatorio de que, aunque el artista haya partido, su «familia» de papel y celuloide sigue custodiando la frontera entre la realidad y la fantasía.
La pregunta que queda flotando en este aniversario es: en una era de pantallas infinitas, ¿estamos dándole a los niños esa «imaginación» que García Ferré consideraba el motor del mundo?


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