El eco de una noche de septiembre: «La Noche de los Lápices», un suceso quedó grabado en la memoria colectiva
Un día como hoy, hace 49 años, la ciudad argentina de La Plata se sumergía en una de las noches más oscuras de su historia reciente: «La Noche de los Lápices». El aire de septiembre en La Plata, 1976, no era el de un inicio de primavera lleno de promesas. La dictadura cívico-militar ya había extendido sus sombras sobre Argentina, pero en el corazón de la capital bonaerense, un grupo de jóvenes estudiantes secundarios tenía una causa que los unía y que creían justa: el boleto estudiantil.
Lo que parecía un reclamo simple y legítimo, el derecho a un transporte más accesible para ir a la escuela, se convertiría en el telón de fondo de una de las historias más oscuras y desgarradoras de la represión. Así, una noche de septiembre, el reclamo por un derecho se transformó en una pesadilla de desapariciones, y el nombre de ese suceso quedó grabado en la memoria colectiva como «La Noche de los Lápices».
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La madrugada del 16 de septiembre de 1976, la ciudad se sumió en un terror silencioso. Grupos de tareas de la dictadura, operando con la precisión de una maquinaria de represión, iniciaron un operativo clandestino. Los vehículos Ford Falcon, símbolos de la oscuridad que se cernía sobre el país, se detuvieron frente a las casas de los estudiantes. Uno a uno, jóvenes de entre 16 y 18 años fueron arrancados de sus hogares.
¿Quiénes eran estos jóvenes?
No eran terroristas ni guerrilleros, como la dictadura los calificaría. Eran adolescentes, la mayoría de ellos militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que habían luchado por sus derechos. La Brigada de Investigaciones de Banfield, el Pozo de Quilmes, la Jefatura de Policía de la Provincia de Buenos Aires… estos nombres se convirtieron en sinónimos de tormento y desesperanza.
Estaban Claudio de Acha, de 17 años; María Clara Ciocchini, de 18; María Claudia Falcone, de 16; Francisco López Muntaner, de 16; Daniel A. Racero, de 18; y Horacio Ungaro, de 17. Todos ellos, junto a Gustavo Calotti, de 18 años, Pablo Díaz, de 18, Patricia Miranda, de 17 y Emilce Moler, de 17,cuatro compañeros que sobrevivieron, fueron sometidos a un calvario de torturas y traslados por distintos centros clandestinos de detención.

Los testimonios
El caso de «La Noche de los Lápices» cobró notoriedad pública años después, en 1985, gracias al testimonio valiente de uno de los sobrevivientes, Pablo Díaz. Su voz en el Juicio a las Juntas resonó en todo el país, revelando la brutalidad de la dictadura y la verdad detrás de las desapariciones. Fue a través de su relato que la historia llegó a las pantallas de cine en una película homónima, ayudando a que la memoria de aquellos jóvenes no se perdiera en el tiempo.
El debate sobre la causa de los secuestros ha persistido. Aunque el reclamo por el boleto estudiantil fue un detonante mediático, algunos sobrevivientes como Emilce Moler han afirmado que la represión ya era un plan estratégico de la dictadura para «erradicar» lo que consideraban «subversión en las escuelas». El objetivo no era solo castigar, sino también infundir terror y desarticular cualquier forma de organización estudiantil. Un documento hallado en la Jefatura de Policía bonaerense, firmado por el comisario general Alfredo Fernández, lo corroboró: el operativo buscaba aniquilar a los «integrantes de un potencial semillero subversivo».

La historia de los jóvenes de «La Noche de los Lápices» es un recordatorio doloroso de los extremos a los que puede llegar la represión cuando el poder ignora los derechos de su pueblo. De los diez estudiantes secuestrados, solo cuatro sobrevivieron: Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y Emilce Moler. Los otros seis, desaparecidos para siempre, se convirtieron en símbolos de la resistencia juvenil y la crueldad del terrorismo de Estado. Se presume que fueron asesinados a principios de 1977, aunque sus cuerpos nunca fueron hallados.
El legado perdurable de una tragedia
El tiempo ha pasado, pero el eco de aquella noche de septiembre sigue resonando. Cada 16 de septiembre, miles de jóvenes en Argentina salen a las calles para conmemorar a aquellos estudiantes. Llevan en sus manos carteles con los rostros de los desaparecidos, exigiendo justicia y memoria. La lucha de esos adolescentes por un derecho tan simple como un boleto estudiantil se ha transformado en un grito de «nunca más» a la violencia y la injusticia. Sus nombres, grabados en la historia, nos recuerdan que la memoria es un acto de resistencia.
A casi cinco décadas de aquellos hechos, la historia de «La Noche de los Lápices» sigue siendo relevante. Nos enseña que la lucha por los derechos más básicos puede ser vista como una amenaza por los regímenes autoritarios. Nos recuerda que el terrorismo de Estado no conoce límites y que la represión puede alcanzar a los más vulnerables, incluso a estudiantes. Es un llamado constante a defender la democracia y a mantener viva la memoria para que el pasado no se repita.

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