La bestia y el presidente: La misteriosa leyenda del Lobizón que dio origen a una ley argentina
¿Alguna vez te has preguntado qué misterio se esconde detrás del séptimo hijo en una familia numerosa? En la antigua región del Río de la Plata, una antigua creencia que combina misticismo indígena con supersticiones europeas dio forma a una de las leyendas más fascinantes y temidas de la región: el mito del Lobizón. Este relato, lejos de ser un mero cuento de terror, tuvo repercusiones tan profundas en la sociedad que motivó una acción estatal inusual y que perdura hasta el día de hoy: el padrinazgo presidencial.
La figura del Lobizón —nuestra versión del hombre lobo— se gestó en un cruce de culturas. Por un lado, se alimentó de las supersticiones europeas traídas por los inmigrantes, especialmente aquellas que veían al séptimo hijo varón consecutivo como portador de una terrible maldición.
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En la Rusia zarista, por ejemplo, ya existía la creencia de que el séptimo varón se transformaría en lobo y la séptima mujer en bruja. Por otro lado, la leyenda se fusionó con creencias indígenas preexistentes en la región, creando un monstruo culturalmente propio y profundamente arraigado en el imaginario popular.
¿La maldición? Se decía que el infortunado séptimo hijo varón se transformaría en una bestia la noche de luna llena. La descripción del Lobizón era aterradora: un ser alto, flaco y de palidez inquietante, que desprendía un olor nauseabundo. Bajo el influjo de la luna, esta criatura vagaba por campos y pueblos, cazando, atacando o simplemente sembrando el pánico. El terror que generaba era palpable, y el destino de estos niños, marcados desde el nacimiento, era la marginación o, peor aún, el linchamiento.
El Bautismo y la Solución del Zar
Ante una maldición tan temida, la sociedad buscó desesperadamente una forma de protección. Las primeras vías para «romper» el maleficio pasaban por lo religioso: bautizar al niño o hacerlo ahijado de siete iglesias diferentes. Sin embargo, en el siglo XX, una tradición europea se convirtió en el punto de inflexión.
En la Rusia zarista, para proteger a estos niños y evitar que fueran abandonados, se implementó el padrinazgo imperial, una suerte de «protección mágica» otorgada por la máxima autoridad. Esta práctica llegó a la Argentina con la ola de inmigración, especialmente con las familias de alemanes del Volga.
El hito que lo cambiaría todo ocurrió en 1907 en Coronel Pringles, Provincia de Buenos Aires. El matrimonio de Enrique Brost y Apolonia Holmann dio a luz a José Brost, su séptimo hijo varón. Conscientes de la tradición zarista y temiendo por el destino de su hijo, enviaron una carta al entonces Presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta, solicitando su padrinazgo. El presidente accedió, y así nació una tradición que, además de ofrecer una supuesta protección, garantizaba una beca asistencial para la educación y alimentación del ahijado.
De Superstición a Ley: El Padrinazgo Presidencial
Lo que comenzó como un gesto de humanidad ante el folclore se institucionalizó con el tiempo. El objetivo era claro: utilizar la autoridad máxima del país para combatir la superstición y proteger a los niños de la marginación social y la violencia.
Finalmente, el 28 de septiembre de 1974, durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón, esta tradición se elevó a rango de ley. La Ley 20.843 de padrinazgo presidencial oficializó que el Presidente de la Nación en funciones se convertiría en padrino (o madrina, si aplica) del séptimo hijo varón o la séptima hija mujer de una prole del mismo sexo.
Aunque la ley se basa en las antiguas creencias del Lobizón y la bruja, su función moderna es netamente social. Más allá de la beca, garantiza un reconocimiento simbólico y una protección moral a familias que, de otro modo, podrían enfrentar prejuicios. En un eco de la ley nacional, la provincia de Entre Ríos también dictó un decreto en 1984 para que la esposa del Gobernador pudiera oficiar como Madrina Oficial de Bautismo, aunque en este caso, sin beneficios económicos asociados.
El caso del Lobizón y la Ley 20.843 es un ejemplo fascinante de cómo una leyenda ancestral puede tener una consecuencia legal tangible en la vida moderna. Nos recuerda que las supersticiones, por irracionales que parezcan, tienen un poder real en la sociedad, y que la intervención del Estado, en este caso, se utilizó como un mecanismo de inclusión social para enfrentar los miedos colectivos. La próxima vez que escuches sobre el séptimo hijo, recordarás que detrás de ese número se esconde una historia de folclore, miedo y una singular ley argentina.

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