Un día como hoy: El misterio del accidente de la familia Pomar y las sombras de la búsqueda
8 de Diciembre de 2009: Argentina contuvo la respiración. Tras 24 días de una angustiosa y mediática búsqueda que alimentó las más diversas y oscuras conjeturas, el “Caso Pomar” tuvo un final trágico e inesperado. Aquel martes, a cincuenta metros de la Ruta 31, entre los pastizales de un campo cercano a Salto, Provincia de Buenos Aires, la verdad se reveló con una crudeza demoledora: la familia Pomar había muerto en un simple, aunque devastador, accidente automovilístico.
El hallazgo de los cuerpos de Fernando Pomar, su esposa Gabriela Viagrán, y sus hijas Candelaria (6) y Pilar (3), dispersos alrededor de su Fiat Duna Weekend rojo volcado, no solo cerró el ciclo de su desaparición, sino que abrió un profundo y doloroso debate sobre la eficiencia, la honestidad y el foco de la investigación policial y judicial. La noticia, que en su momento acaparó titulares y noticieros, hoy resuena como un recordatorio sombrío de cómo la falta de una pista clara puede desviar la atención hacia los laberintos de la especulación.
Te puede interesar: Susan Powell: Desaparición y el secreto familiar

El viaje que nunca terminó
Todo comenzó la tarde del sábado 14 de noviembre de 2009. La familia Pomar partió de su hogar en José Mármol con un destino claro: Pergamino, la ciudad natal de Fernando, donde él tenía una entrevista de trabajo programada para el lunes. Dejaron al hijo de Gabriela de un matrimonio anterior con unos amigos, un gesto que, para su entorno, descartaba la idea de una «fuga» voluntaria.
La última certeza visual se obtuvo gracias a las cámaras de seguridad de los peajes. Un primer registro cerca de Luján a las 20:07 y otro posterior confirmaban el paso del Fiat Duna con los cuatro ocupantes a bordo. Mensajes de texto enviados a familiares esa noche sugerían un avance lento, a unos 80 km/h, y una llegada prevista alrededor de las 22:00. Luego, el silencio. Un silencio absoluto que, con el correr de las horas, se transformó en alarma nacional.

La telaraña de las hipótesis
A medida que los días se sucedían sin noticias, el caso se convirtió en un festín para la especulación. La fiscal a cargo, Karina Pollice, se inclinó inicialmente por la hipótesis de un «drama familiar» o una «desaparición voluntaria» vinculada a las deudas de Fernando, descartando de plano el accidente a pesar de tratarse de una búsqueda en ruta.
La prensa y los investigadores manejaron una batería de conjeturas:
- ¿Fuga por deudas? La casa estaba en venta y Fernando estaba desempleado.
- ¿Secuestro? Se planteó la necesidad de un rescate o un secuestro express. Periodistas llegaron a vincular al químico Pomar con el mismísimo Cártel de Sinaloa, una teoría que, en retrospectiva, resulta escandalosa por su falta de sustento.
- ¿Fuera del país? Una idea improbable, dado que los documentos de identidad de las menores quedaron en casa.
La hipótesis del accidente, la más lógica en un contexto de viaje en ruta, fue paradójicamente la primera en ser descartada por las autoridades policiales. Se afirmaba, con total seguridad, que se habían realizado rastrillajes terrestres y aéreos exhaustivos en la zona sin encontrar rastro alguno.
La desidia que conmueve
La clave que rompió el muro del misterio había estado disponible casi desde el principio, pero fue ignorada: la llamada de un albañil, Casimiro Frutos. El 16 de noviembre, dos días después de la desaparición, Frutos llamó al 911 alertando que había visto un automóvil accidentado desde un micro doble piso. Su advertencia se repitió el 30 de noviembre, pero cayó en «saco roto».

Fue la denuncia telefónica de otro albañil la que, finalmente, condujo a las autoridades al lugar exacto, al costado de la Ruta 31. Allí, en un pastizal que supuestamente había sido «rastrillado», se halló el vehículo y a la familia. Las pericias confirmaron que el accidente había ocurrido el mismo día de su partida.
El desenlace fue un golpe demoledor, no solo por la tragedia en sí, sino por la impericia que reveló. La confirmación de que la familia había estado allí, a la vera de una ruta importante y en una zona supuestamente revisada, durante 24 días, desató una ola de indignación pública.

Las acusaciones llovieron sobre la Policía de la Provincia de Buenos Aires, el entonces ministro de Seguridad, Carlos Stornelli, y la fiscal Pollice. La pregunta inevitable era: ¿Cómo pudo un vehículo de esas características, con cuatro personas, pasar desapercibido en rastrillajes que se jactaron de ser intensivos? La autopsia, además, añadió un elemento aún más dramático: existía la posibilidad de que Gabriela Viagrán hubiera sobrevivido algunas horas tras el impacto, lo que llevó a la dolorosa especulación de que una búsqueda eficaz y temprana podría haber salvado al menos una vida.


El escándalo llevó al entonces gobernador Daniel Scioli a pedir la renuncia de Stornelli. Años después, en 2017, la Justicia condenó en primera instancia a dos policías por falsedad ideológica de documento público, por haber falseado las actas de los rastrillajes. Aunque luego fueron absueltos en segunda instancia, el fallo inicial reforzó la idea de que la búsqueda se manejó con negligencia y ocultamiento.
Hoy, 8 de diciembre, recordamos a la familia Pomar. Un recuerdo que no se centra en las fantasías de secuestros o fugas, sino en la terrible conjunción de un accidente fatal y una investigación que no solo falló en encontrar la verdad, sino que contribuyó a prolongar el dolor de una nación que seguía su rastro. El Caso Pomar se erige así, en este día, como un hito de la crónica policial argentina, más por lo que no se hizo que por lo que realmente sucedió.

Deja un comentario