¿Sabías que un simio conquistó el espacio antes que el hombre? El fue Ham el chimpancé
La carrera espacial de mediados del siglo XX suele evocarse con imágenes de trajes plateados y banderas clavadas en superficies polvorientas. Sin embargo, antes de que el nombre de Alan Shepard se inscribiera en los libros de historia como el primer estadounidense en el espacio, un pionero de apenas cuatro años de edad y pelaje oscuro ya había enfrentado el vacío absoluto. Su nombre era Ham, el chimpancé, y su viaje cambió para siempre nuestra comprensión sobre la supervivencia fuera de la Tierra.

Un recluta poco convencional
Nacido en Camerún en 1956, Ham no fue un pasajero pasivo. Formó parte de un selecto grupo de seis chimpancés entrenados en el Centro de Medicina Aeroespacial de Holloman. Allí, la ciencia y la psicología se unieron en un programa de entrenamiento riguroso: Ham aprendió a responder a estímulos visuales, moviendo palancas en tiempos precisos para recibir golosinas o, en el peor de los casos, evitar pequeñas descargas eléctricas.
El objetivo del Proyecto Mercury era pragmático y, para la época, crucial: ¿podría un organismo similar al humano mantener sus facultades psicomotoras bajo la presión extrema del despegue y la ingravidez?

16 minutos de incertidumbre
El 31 de enero de 1961, Ham se convirtió en el primer homínido en observar la curvatura terrestre desde una altitud de 253 kilómetros. Pero la misión estuvo lejos de ser un paseo tranquilo. Debido a una falla técnica en el regulador de aceleración, el cohete alcanzó una velocidad superior a la prevista, sometiendo al chimpancé a fuerzas de gravedad que desafiaban la resistencia física.
Durante la reentrada, Ham soportó una desaceleración de 14,7 Gs, una cifra que habría dejado inconsciente a muchos pilotos experimentados. Por si fuera poco, la cápsula amerizó en el Océano Atlántico a más de 200 kilómetros de la zona de rescate prevista. Mientras el agua comenzaba a filtrarse en la cabina —se estima que entraron unos 350 litros—, el mundo contenía el aliento.

El legado de un pionero
Cuando finalmente fue rescatado, la imagen de Ham saliendo de su cápsula dio la vuelta al globo. No solo había sobrevivido, sino que los datos demostraron que sus tiempos de reacción en el espacio fueron casi tan rápidos como en la Tierra, probando que el cerebro humano podría funcionar en órbita.
Tras su histórica hazaña, Ham vivió una vida tranquila en zoológicos de Estados Unidos hasta su fallecimiento en 1983. Hoy, su historia nos invita a reflexionar: ¿cuánto le debemos a estos seres silenciosos que abrieron las puertas de las estrellas? La próxima vez que mires un cohete despegar, recuerda que los primeros pasos gigantes de la humanidad fueron, en realidad, las huellas de un pequeño chimpancé.

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