Del vudú al celuloide: Por qué cada año, el 4 de febrero, se celebra el Día del Orgullo Zombi
Cada 4 de febrero, mientras el mundo se prepara para el romanticismo de San Valentín, una comunidad creciente de «zombófilos» prefiere celebrar algo mucho más visceral: el Día del Orgullo Zombi. Lo que comenzó como un nicho para entusiastas del cine de terror se ha transformado en una efeméride global que mezcla la antropología, el análisis sociológico y, por supuesto, una buena dosis de maquillaje hiperrealista.
La elección de la fecha no es aleatoria. El 4 de febrero marca el nacimiento de George A. Romero, el hombre que en 1968 cambió el cine para siempre con La noche de los muertos vivientes. Si bien Romero no inventó la figura del no muerto, sí le otorgó las características que hoy consideramos universales: el hambre insaciable de carne humana, la lentitud implacable y el contagio masivo. Antes de Romero, el zombi era una figura ligada estrictamente al folclore caribeño; después de él, se convirtió en una metáfora de los miedos sociales contemporáneos.
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Del ritual de Haití al laboratorio de Michigan
Para entender el orgullo zombi, hay que mirar más allá de la pantalla. El origen real de esta figura se encuentra en las tradiciones de Haití, vinculadas al vudú. Allí, la «zombificación» no es ciencia ficción, sino un proceso documentado donde se utilizan neurotoxinas para inducir un estado de muerte aparente. En 1987, el vudú fue declarado religión oficial en la isla, validando una cosmovisión donde la línea entre la vida y la muerte es peligrosamente delgada.
La fascinación es tal que incluso la academia y los gobiernos han tomado cartas en el asunto. La Universidad de Michigan, por ejemplo, ha impartido cursos sobre cómo enfrentar el pánico colectivo ante una hipotética pandemia zombi, utilizando al monstruo como una herramienta pedagógica para el trabajo social. Por su parte, el Pentágono de los Estados Unidos llegó a redactar el documento «CONOP 8888» (Operaciones contra la dominación zombi), un plan de contingencia real diseñado como un ejercicio de entrenamiento para catástrofes imprevistas.

Evolución: De la tumba a las pistas de baile
La percepción del zombi ha mutado drásticamente en las últimas décadas. En 1983, el videoclip «Thriller» de Michael Jackson humanizó —en cierto sentido— a los muertos, poniéndolos a bailar una coreografía que hoy es patrimonio cultural. A partir de allí, la «zombimanía» se diversificó en géneros inesperados: desde el terror claustrofóbico de la española REC, pasando por la acción frenética de la surcoreana Tren a Busan, hasta llegar a la comedia romántica con títulos como Zombies Party o Memorias de un Zombie adolescente.

Incluso la medicina tiene su propio rincón oscuro: el síndrome de Cotard. Este trastorno mental lleva a quienes lo padecen a creer que están muertos, que sus órganos se pudren o que simplemente no existen. Es, quizás, la forma más trágica y real de lo que significa ser un zombi en el siglo XXI.
¿Cómo celebrar la falta de pulso?
El Día del Orgullo Zombi se celebra hoy con las famosas «Zombie Walks», desfiles donde miles de personas salen a las calles arrastrando los pies y emitiendo gemidos guturales. En 2013, la Torre de Tokio fue testigo de una de las reuniones más grandes de la historia para conmemorar la serie The Walking Dead.
Ya sea leyendo sobre los «nzambi» (término africano que significa «dios» y origen de la palabra), analizando las diferencias tácticas entre un vampiro y un muerto viviente, o simplemente disfrutando de un maratón de cine, el 4 de febrero es una invitación a reflexionar sobre nuestra propia fragilidad. Al fin y al cabo, el zombi es el único monstruo que alguna vez fue, exactamente, como nosotros.

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